En Búsqueda de la Felicidad
Una de las cosas que todos los seres humanos tenemos en común es el deseo de ser felices. La felicidad es ese objetivo casi universal que motiva, que genera frustración y que, para muchos, parece inalcanzable.
El diccionario define la felicidad como: «Estado de grata satisfacción espiritual y física». En esta definición encontramos tanto lo que la felicidad es como lo que no es.
Supuestamente, si uno se siente satisfecho espiritual o físicamente, es feliz; y si se siente insatisfecho, no lo es.
Quizás sea más fácil explicar qué significa estar satisfecho físicamente que intentar definir la satisfacción espiritual. Si tengo sed y recibo agua, físicamente puedo sentirme satisfecho; lo mismo ocurre si tengo hambre y recibo comida, o si tengo frío y de repente encuentro calor.
Pero ¿qué ocurre si, cuando tengo sed y recibo agua, pienso: «Ojalá hubiera recibido té en vez de agua…»? Este simple ejemplo refleja la perspectiva desde la cual el budismo aborda el concepto de la felicidad.
El origen de la búsqueda
Nuestra tradición cuenta que el joven Siddharta Gautama —el futuro Buda—, al presenciar la realidad de la vida humana en forma de enfermedad, vejez y muerte, sintió una profunda necesidad de encontrar una respuesta a ello. El joven príncipe anhelaba liberarse del ciclo de nacimiento y muerte. En la filosofía india, la muerte no es más que una puerta hacia una nueva vida, en la que nuestros actos voluntarios (el karma), cometidos en el pasado, determinan el tipo de existencia que tendremos al renacer.
Tras mucho tiempo practicando métodos extremos —castigando su cuerpo y llevándolo casi hasta la muerte—, Siddharta comprendió que ningún extremo podía conducir a la liberación. En equilibrio físico y mental, se sentó a meditar bajo el árbol Bodhi y alcanzó la iluminación. En ese momento entendió con claridad la realidad de la existencia en todo su esplendor. Por fin, había encontrado una vía para liberarse del sufrimiento.

Cada momento requiere algo distinto. Dar voz al dharma del Buda consiste precisamente en responder de forma adecuada y sabia a la situación presente. Encontrar cada instante tal como es, sin intentar transformarlo en aquello que desearíamos que fuera, es el verdadero arte de vivir el Zen. Ese es el auténtico secreto de la felicidad.
Las Cuatro Nobles Verdades
Lo que el Buda enseñó puede resumirse en las Cuatro Nobles Verdades.
La primera es la verdad de la existencia del sufrimiento. Todo practicante del dharma, enseñó el Buda, debe comprender profundamente esta realidad. Entender el sufrimiento no es un proceso intelectual; no se trata de una idea, sino de una comprensión que surge de la experiencia directa. Para comprender el sufrimiento, uno debe reconocerlo en sí mismo.
La segunda noble verdad es la causa del sufrimiento: el apego. El dharma enseña que todas las cosas son transitorias, que nada es permanente ni existe de manera independiente. Todo surge de causas y condiciones y carece de esencia propia. Por ello, cada vez que asignamos un valor permanente a algo y nos aferramos a ello —ignorando o rechazando la realidad de que lo vamos a perder—, generamos sufrimiento de forma inevitable. Al enseñar esta verdad, el Buda afirmó que el practicante debe abandonar ese apego, raíz del sufrimiento. Es importante aquí observar que el problema no son las cosas, sino la mente que se aferra a ellas.
La tercera noble verdad enseña que el sufrimiento no es permanente: existe un cese, una posibilidad real de ponerle fin. La tarea de cualquier budista es, por tanto, realizar ese cese del sufrimiento. La manera de hacerlo, según la cuarta noble verdad, es el Noble Camino Óctuple. Dicho de otro modo, hay ocho actividades esenciales que conducen al fin del sufrimiento: Visión o Comprensión Correcta, Intención Correcta, Habla Correcta, Acción Correcta, Medio de Vida Correcto, Esfuerzo Correcto, Atención Plena Correcta y Concentración Correcta. El Buda enseñó que este camino debe ser desarrollado por uno mismo; en términos sencillos, debe practicarse de forma constante.
El Zen de la felicidad
Si la felicidad es lo opuesto al sufrimiento, entonces, según el Buda, consiste en vivir libres de apego y en cultivar estas ocho actividades esenciales. Lo significativo es que en ningún momento se habla de algo externo que debamos conseguir o alcanzar. El dharma no presenta la felicidad como un objetivo lejano que dependa de condiciones ideales, sino como una manera de vivir y de comprender la realidad que requiere atención constante, momento tras momento.
Aquí es donde el pensamiento zen brilla con especial claridad. Es fácil caer en la trampa de aferrarnos a una definición de felicidad y luego perseguirla ciegamente. Pero el concepto de felicidad es solo eso: un concepto, una formación mental, un contenedor intelectual en el que intentamos encerrar una experiencia viva. Decir "felicidad" no es lo mismo que sentirse feliz, del mismo modo que decir "calor" no es lo mismo que sentir las llamas en la piel.
A lo largo de nuestra vida, la mente registra experiencias placenteras y desagradables, momentos de alegría y de tensión. Sin darnos cuenta, acumulamos percepciones e interpretaciones que condicionan la manera en que nos relacionamos con el mundo. Tomamos algo que en un momento nos hizo felices y lo archivamos como "siempre bueno". En nuestra búsqueda de la felicidad y en nuestro intento de huir de lo desagradable, dejamos de ver la realidad tal como es y perdemos de vista la interdependencia de todas las cosas. Al asignar un carácter permanente a esa idea de "felicidad", nos volvemos aún más ciegos a la vida que se despliega frente a nosotros.
Manos abiertas, mente clara
El budismo nos invita a despertar a la realidad de cada momento y a mantener las manos abiertas, soltando cualquier idea rígida sobre cómo deberían ser las cosas. Con las manos abiertas y la mente clara, recuperamos la libertad de vivir cada instante de la mejor manera posible. Aunque una situación se parezca a otra del pasado, entendemos que las causas y condiciones de este momento son distintas. En lugar de intentar regresar a un instante ya vivido, aprendemos a habitar plenamente este. Hacer lo contrario sería desperdiciar nuestra vida.
La enseñanza del Buda nos ofrece las herramientas necesarias para transformar el contenido de esas "notas mentales" que hemos ido tomando de manera inconsciente durante años. Desarrollar el Camino Óctuple ocurre paso a paso, en la vida cotidiana. La Vía del Buda no es otra cosa que la vía de nuestra propia existencia, y es en medio de ella donde descubrimos cómo vivir con mayor paz, claridad y armonía. Lo esencial es esto: estar en sintonía con la realidad tal como es.
Al intentar definir la felicidad, volvemos una y otra vez a la idea de "satisfacción". Curiosamente, el término que los textos budistas utilizan para referirse al sufrimiento es dukkha. Aunque suele traducirse como "sufrimiento", su significado también apunta a una sensación de desajuste, de no estar conforme con la realidad. No son las circunstancias externas las que nos hacen sufrir, sino nuestra respuesta mental a ellas. El rechazo a la realidad tal como se presenta es lo que genera la fricción que llamamos sufrimiento, o falta de felicidad.
La felicidad y el sufrimiento están siempre presentes, brotando de la misma tierra fértil de la mente. Depende de nosotros cuál de los dos cultivamos, aunque es esencial no olvidar que, junto a las plantas que deseamos, siempre crecen hierbas indeseadas.
Al sentarnos en zazen —en quietud, en silencio y con la mente abierta— podemos ver con claridad cómo surgen y se disuelven pensamientos y emociones. De este modo, comprendemos íntimamente nuestra mente y la manera en que construye la realidad que vivimos. En zazen no huimos ni rechazamos nada. Tampoco nos aferramos a nada. Observamos la felicidad, la paz, la agitación, la tristeza y todo el abanico de la experiencia humana, momento a momento.
Así es como damos cumplimiento a la tarea que el Buda señaló al enseñar la primera noble verdad: comprender el sufrimiento en lo más profundo de nuestro ser. Como la vida se despliega sin cesar, la práctica también es constante. Por eso nos acercamos a ella con una mente de principiante: abierta, humilde y consciente de que no hay nada que dominar ni en lo que convertirse experto.
Cada momento requiere algo distinto. Dar voz al dharma del Buda consiste precisamente en responder de forma adecuada y sabia a la situación presente. Encontrar cada instante tal como es, sin intentar transformarlo en aquello que desearíamos que fuera, es el verdadero arte de vivir el Zen. Ese es el auténtico secreto de la felicidad. Cuando vemos con claridad la realidad de nuestra vida, lo que surge de manera natural es lo "correcto": la palabra adecuada, la acción adecuada, la intención adecuada… una a una, las ocho actividades nobles.
Vivir de este modo reduce la tensión entre la realidad y nuestra percepción. En esencia, el Buda nos enseña que la felicidad no viene de afuera ni necesita ser fabricada: está siempre presente. Eso no significa que vayamos a quedar libres de dolor, sino que, gracias al dharma y a la práctica, cambia nuestra relación con él. Nuestro esfuerzo no consiste en alcanzar algo, sino en abrir las manos de la mente y soltar el apego a cómo creemos que la vida debería ser.
Escrito por Kandō Bion, el 28 de enero, 2026
